El Parlamento
*El Parlamento
Antonio Barrantes Lozano
Sabido es que el Parlamento está formado por los próceres del país para dilucidar los asuntos graves de la nación, que su parlamentar reside en el uso correcto de la palabra y que con ella deben de hilar argumentos que justifiquen acciones e iniciativas posteriores. Al parlamentario, generalmente elegido, se le supone capacitado para tal menester. Desde los más remotos tiempos, siglo V a. de C., en que la cosa pública exige que sea dirimida por todos, el parlamentar se fue convirtiendo en un arte sujeto a su propia normativa, o sea la retórica y a aquél que hace un uso correcto de la misma le llamamos orador. Históricamente, este arte coincide en su esplendor con los momentos de la libertad política y le llega su ocaso cuando se cancela la libertad de expresión.
La oratoria tuvo gran predicamento entre los griegos, muy interesados en el uso de la palabra tanto en el ámbito público como en el privado. Ni que decir tiene que el orador, que ha de convencer, debe ser versado en literatura, arte, filosofía, derecho, economía e historia, por ser estos conocimientos básicos a los que tiene que recurrir para organizar sus disquisiciones en los que fundamentar sus argumentos. Ha de ser un artista de la palabra y, antes que nada, un verdadero filósofo, capaz de encontrar los argumentos verdaderos y útiles. El orador, consciente de su trascendencia, es un hombre amante del bien y la virtud, por lo que adquiere una importante dimensión moral.
Tanto Sócrates como Platón criticaron duramente a los sofistas a los que consideraron intrínsicamente perversos, ya que aquéllos no pretendían el conocimiento de la verdad sino el convencer y persuadir, haciendo fuerte el argumento débil mediante las habilidades dialécticas.
Este fuerte arraigo que entre los griegos tuvo la oratoria fue heredado por los romanos, pasando así a la cultura latina, destacando Cicerón como verdadero maestro.
Pues bien, toda esta tradición dialéctica es la que echamos de menos entre nuestros parlamentarios actuales. Nuestros oradores se han convertidos en lectores de una prosa, posiblemente ajena, llena de tecnicismos, nada convincente y partidista, dirigida más bien al analista que al ciudadano, llena de efectismos para que sea digerida, sin cribado crítico, por el teleespectador antes que rebatida por el oponente político que a la vez busca los mismos efectos. A los últimos debates parlamentarios me remito. Planos y oscurantistas. En los que tanto la oposición como el gobierno demuestran sus carencias. Los oradores enlatados en su propios escritos se limitan a leer, ni siquiera a persuadir, los argumentos se dan por sabidos y sólo el estudio sobre los efectos o impresión que causen entre los ciudadanos darán por vencedor a uno o a otro.
No ha sido ésta nuestra tradición parlamentaria: Oradores hemos tenido. En las Cortes liberales del siglo XIX encontramos multitud de ejemplos entre los que destacó Castelar, de verbo brillante, con intervenciones contundentes a pesar de las limitaciones de la época. O bien en las Cortes de la II República, en un ambiente enrarecido, la palabra de D. Manuel Azaña levantaba pasiones o la de Araquistain o Giner de lo Ríos. Esta tradición se ha perdido, bien por las limitaciones de los representantes bien por los medios de difusión, o por ambas cosas, que hacen que el orador se dirija más a los ausentes que a los presentes. Así las Cortes, foro de debate por antonomasia, se han convertido más en sala de disputas que en marco de argumentaciones. Nuestras señorías se preocupan más y gastan el tiempo de sus intervenciones en culpar y disculparse de acciones u omisiones que en construir un verdadero debate argumental. Negligencias flagrantes son despachadas culpando al contrario, con aquello de que vosotros más, o a los elementos, como Felipe II. El interés público queda subyugado a la interpretación del que tiene la mayoría y los graves problemas enredados en Comisiones parlamentarias que no llevan a ninguna parte. A la falta de argumentación le sigue la carencia de digresión que ha quedado reducida al insulto mal sonante y el zapateo desde la claque parlamentaria por lo que se han perdido, no sólo los valores dialécticos, sino los más elementales valores de modos y educación de los que se les supone garantes. Actitud muy alejada de aquella anécdota que se recoge en los anales de nuestra historia parlamentaria en la que se nos cuenta que un diputado, en uso de su palabra, ante la falta de argumentación para descalificar a su contrario procura ridiculizarlo tachándole de débil y calzonazos haciendo público el hecho de llevar calzoncillos largos. El diputado aludido, haciendo uso de la mejor tradición conceptista castellana, sin ruborizarse, en su turno de palabra le contesta: “que indiscreta es, a veces, la esposa de su señoría” Ni que decir tiene que la discusión quedó cerrada al menos en el Parlamento.
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abarrantes @ Abril 28, 2008