“Sandías de Villanueva”
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“Sandías de Villanueva”
A. Barrantes Lozano
Era frecuente, hace ya de ello mucho tiempo, ver por la calles de Madrid tenderetes a rebosar con sandías de Villanueva. Hoy esta práctica ha desaparecido como han desaparecido otras muchas cosas, desplazadas por otros conceptos de comercialización y otras exigencias. Yo recuerdo la alegría que me produjo, en uno de mis primeros viajes a la capital, el ver en uno de aquellos tenderetes, que a modo de exposición y venta ocupaba una de las aceras del entorno del Retiro, colgado de uno de los palos que sujetaba la frágil lona que protegía la mercancía un cartón que decía “Sandías de Villanueva.” “Sandías de Villanueva”, gritaba el buhonero. Y a mí, que por entonces era un niño, aquello me atrapó, por lo mágico que todo me parecía. Aquellas sandías bien podían haber sido producidas por mi padre o por cualquier labrador conocido. ¡Aquellas sandías eran de mi pueblo y el bueno del vendedor hacía gala del origen del producto como garantía de calidad.! Todo un orgullo para una inocencia infantil. Aquellas sandías de corteza dura, “bandeadas”, de color y sabor inmejorables, estaban allí.
Es que Villanueva producía sandías de gran calidad. Todo se vino abajo con la transformación del campo derivada del Canal del Zújar. El labrador de Villanueva era un labrador de secano y de aquellas tierras resecas sacaba, no sin sudor, aquellas sandías que daban fama a nuestro pueblo. Su cultivo era todo un rito. Desde la selección de la semilla, su sembrado, su crianza y su cosecha. Había labradores que centraban todo sus afanes en su cultivo y producción. Sabiendo en cada momento lo que el proceso necesitaba. Dar “alreor”a las sandías consistía en remover la tierra entorno a la mata casi diariamente y así facilitar mantener fresca a la planta. Hoy es una frase hecha que se ha extrapolado para otros menesteres, sobre todo cuando de ellos se quiere sacar algo para propio provecho.
En torno a este producto, que para muchos campesinos suponía sus principales ingresos, surgió la figura del “correó” o intermediario que solía ser una persona conocida, entendida, que ponía en contacto al productor con los compradores y a la vez intervenía para fijar precio, que como ahora, estaba sujeto a las leyes del mercado. Las primeras cosechas eran siempre más caras que aquellas producciones de mediados o de final de campaña. Puestos en contacto productor y comprador este veía el “género” que solía ocupar parte del pasillo de la casa. Y si la primera impresión era positiva comenzaba el trato para fijar el precio que se concretaba por arroba. “A tanto la arroba”, se decía.
A la venta se podía llegar bien ”a ojo” o bien al peso. Por el sistema de “a ojo” el cálculo se hacía por estimación. Normal era que esta si la hacía el labrador fuera a la alta y si la hacía el comprador este estimase a la baja. Después de una breve discusión, si las diferencias no eran insalvables, un choque de manos cerraba el trato y comenzaba la carga. Si no era así, se procedía al pesaje. Es cuando entra en liza la romana, tan castiza en Villanueva. El procedimiento del pesaje era todo un ritual. Comprobaba la fiabilidad de las balanza, la romana no es otra cosa que una balanza con dos brazos dispares, bien sobre un trípode o bien colgada de una argolla que al efecto se tenía en el dintel de la puerta, se procedía al pesaje.
Dos operarios iban llenando la espuerta, generalmente de esparto, que colgaban del gancho de la romana y otro, bien el vendedor o bien el comprador velaba por el fielato que era comprobado por ambos, cantándose en voz alta el resultado ¡¡ 3 arrobas (@),7 libras y 3 cuarterones!! Que iban anotando. El proceso continuaba hasta que el comprador creía suficiente o bien se agotaba la mercancía.
Consciente soy que a muchos que lean estos recuerdos le bailen un poco lo de las arrobas. Pero es que era la unidad de peso habitual. Aún hoy las familias que continúan con la tradicional matanza saben que al cerdo se le sigue pesando por arrobas y de las muchas o pocas que tenga el animal sabremos de su bondad.
La arroba se compone de 25 libras y 1 libra de 4 cuarterones, lo que nos viene a decir que una arroba tiene 100 cuarterones. Esto posibilita trabajar con decimales, evitando que a partir del valor de la arroba se tenga que deducir el de la libra y el del cuarterón.
Así se la suma de los distintos pesos fueron: 18 arrobas, 37 libras y 15 cuarterones, este número complejo se reducía a incomplejo, diciendo 19 arrobas, 12 libras y 15 cuarterones, y expresado a modo decimal sería: 19 arrobas con 63 cuarterones, o bien 19,63 @. Lo que facilita su multiplicación por la cantidad fijada por arroba.
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abarrantes @ Abril 22, 2009