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La ciudad de Cádiz no era la ciudad alegre y confiada de los últimos años. La vida portuaria languidecía allá por 1810. En las tabernas que bordean al puerto no se oían tarantas ni tanguillos.
Desde el espigón se divisaba a la flota inglesa que desde lo de Trafalgar vigilaba constante la bahía. Un gentío circulaba por sus calles temeroso por las noticias que llegaban de Madrid. En alguna esquina un ciego cantaba los romances de Churruca, el insigne marino, grupos de soldados lisiados procuraban remediar sus males implorando a la caridad de los poderosos ocupando los portales en las calles más transitadas. Las murallas muy guarnecidas por cañones que en otro tiempo tiraban salvas de bienvenida, ahora apuntaban a un enemigo que estaba por llegar. Andalucía había capitulado a las huestes napoleónicas y un gentío se refugiaba en Cádiz. La alta burguesía nacional que aquí, en la bahía gaditana, tenía sus intereses, acogía a nobles y próceres de todo el país, aquí Argüelles, allá Jovellanos, menestrales y cargos eclesiásticos ocupan posadas y mansiones. Los representantes de provincia constituidos en Junta Central pretenden gobernar un país ocupado por fanfarrones y afrancesados. Desde Madrid se legisla con la firma de los Bonaparte. En Cádiz se añora a D. Fernando VII, el Deseado, retenido en Francia desde 1808,y en su ausencia son éstos, gentes muy dispares, nobles y burgueses, ilustrados y eclesiásticos, los que se constituyen en Cortes legislativas. La presencia de Napoleón logra el milagro de poner de acuerdo tan discrepantes posturas. Corría el año del Señor de 1811 cuando se convoca a Cortes no sin el disgusto de los realista, refugiados fernandinos, representantes de las esencias tradicionales, que discrepan con los personajes ilustrados en Montesquieu y Rousseau deseosos de un nuevo orden social. Destaca entre todos D. Diego Muñoz Torrero, sacerdote, extremeño de Cabeza del Buey, ex -rector de Salamanca, de oratoria fácil e inteligencia brillante, que en un lúcido discurso, convenciendo a tirios y troyanos, pone las bases de lo que será la próxima tarea legislativa de estas Cortes reunidas en Cádiz. De su disertación, que fue votada como Ley, se desprenden los principios fundamentales de lo que iba a ser la primera Constitución que se daban los españoles. Una comisión, presidida por Muñoz Torrero se puso manos a una obra que iba a estar lista para el 19 de Marzo, festividad de S. José, de 1812. La Constitución, avanzada para su época, pronto sería denigrada por la España rácana y medieval aferrada a intereses y privilegios ancestrales. No le faltó tiempo para que adulando al infausto Fernando, libre de las cadenas de Napoleón, le convencieran de la conveniencia de volver al antiguo orden, lo que llevó a la derogación de toda la labor de las Cortes de Cádiz y al encarcelamiento de sus mentores.
Tal fue el ensañamiento del rey felón con los constitucionales que llegó a prohibir la simple mención a la misma y en lugar de gritar, sus defensores, ¡Viva la Constitución! saludaban con un ¡Viva la Pepa!. Este grito que distinguía a los liberales de los perros, despectivo aplicado por los primeros a los seguidores del Antiguo Régimen, fue aprovechado por los absolutistas para denigrar cualquier atisbo de libertad, como si la libertad fuera la fuente de todos los desórdenes que abocarían al abismo social que es de lo que peor se puede tildar a una Constitución.
Sabido es que nuestra sociedad ha sido muy reacia a los regímenes constitucionales y pocas veces y siempre por corto período de tiempo, hemos disfrutado de leyes modernas y avanzadas en derecho, libertades y participación política. Por ello, como la mentalidad conservadora ha prevalecido, es el motivo que, un “aquí viva la Pepa” se entienda como “aquí reina el desorden o la desidia”. En fin, no es más que una distorsión interesada de su primigenio significado. Un grito de libertad.
Goya, con esa perspicacia sólo reservada a los elegidos, entiende el verdadero significado de la Constitución. En una de sus alegorías, dedicada a “la Pepa” nos la simboliza en tres figuras. El Tiempo, con sus alas desplegadas, sujeta un reloj de arena, símbolo del comienzo de una nueva era. España, vestida de blanco, portando en la mano derecha un libro – la Constitución de Cádiz- y en la izquierda un Cetro, dándonos a entender la superioridad de la Carta Magna sobre la Monarquía y una tercera figura representa a la Historia, desnuda, como notario permanente del acontecimiento.
Hoy que disfrutamos de un largo período de libertad en y por el proceso legislativo iniciado en 1978 podemos gritar ¡Viva la Constitución! o por qué no ¡Viva la Pepa!
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